Ser aficionado a la música, tanto para escucharla como para tocarla, es una de las actividades que mayor número de gente practica. La diferencia entre la música y el resto de aficiones que se puedan tener radica en que la música implica varias cosas a la vez. Una sería la inmediatez, la facilidad con la que se tiene acceso a la música. Y más hoy en día, donde la tecnología tiene un valor importantísimo. Hasta el punto que puedes escuchar música mientras nadas y te sumerges en una piscina. La otra, es que te acabas convirtiendo irremediablemente en un adicto a la emoción. La música aglutina muchas capacidades de expresión y sentimientos que de manera recíproca afectan tanto al que la escucha como al que la ejecuta. Los sentimientos del artista acaban siendo parte del oyente. Y el oyente coge esos sentimientos y los trata de perpetuar a su alrededor, ya sea yendo a conciertos o tratando de mostrarlos a los de su alrededor. En ese viaje se genera una corriente que produce empatía y afinidad, lo que se acaba convirtiendo en un claro ejemplo de emoción. Esa emoción es real, auténtica. El hecho de que miles de personas sientan la misma emoción lo convierte en genuino, en algo inherente a la capacidad humana de sentir.

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