Vivimos en una época de mierda. Pero a diferencia de otras, en esta la creatividad no tiene la importancia y determinación que en otras hizo que se sentaran las bases de la cultura popular. Ahora prevalece el espejismo de la espontaneidad y el consumo masivo de grageas culturales. Todo bien dosificado, de rápida absorción e inocuo. Todo bien diseñado para que cualquier trozo de carne andante pueda acceder a ello. De hecho, seguro que más de la mitad de la gente que haya empezado a leer esto, no habrá llegado ni siquiera a estas líneas. Pregúntate qué música has escuchado hoy y prueba a ser capaz de recordar los grupos o las canciones que has oído. Qué, ni lo recuerdas, ¿verdad? Oyes música de forma compulsiva y cuando una canción no te seduce a los 5 segundos, pasa a formar parte de la biblioteca de canciones olvidadas que jamás oirás.

Eso provoca que a pesar de que se consuma más música ahora que en ninguna otra década, lo cierto es que la relación entre artista-canción-oyente es superficial, pasajera y autocomplaciente. Y no sirve de mucho preguntarse de quién es la culpa; la culpa es de todos, básicamente. Tanto de público como de -en algunos casos- los artistas. Por eso, nuestro espíritu espartano nos hace estar convencidos de lo que hacemos. Porque no tendría sentido hacer otra cosa. Hacemos música para disfrutar y encontrar gente que disfrute de lo que nos hace disfrutar a nosotros.

Durante mucho tiempo nos hemos planteado entre nosotros cuáles son los motivos para que el grupo no vaya al siguiente nivel. Hemos tomado decisiones que quizá hayan hecho que el grupo no avance como debiera. Incluso hemos intentado saltarnos pasos para llegar al centro de la diana. Hemos buscado salidas, soluciones, contactos, promociones a nivel profesional, hemos oído promesas vacías, festivales que jamás se llegaron a hacer, concursos delirantes y surrealistas. Todo para casi nada. Es evidente que al final te preguntes qué carajo estás haciendo mal. Porque nadie te va a dar su solución. La única salida viable es la económica. Tanto pagas, tanto te haremos valer.

No somos capaces de contabilizar el número de acciones que hemos hecho en este tiempo que llevamos juntos. Y al final resulta que la gran mayoría no han servido para nada. Por unas razones o por otras nunca acabamos de salirnos con la nuestra. Y eso nos ha causado mucho desgaste. Así que después de un 2015 para olvidar, este 2016 ha sido nuestro año de rearme. Porque sí. Porque no van a acabar con nosotros. Vamos a seguir haciendo nuestra música “peti qui peti“, porque mientras siga habiendo al menos UNA persona que vibre con nosotros, ya valida nuestras horas de ensayo. Y es que hemos descubierto que en realidad el problema no es nuestro. Si alguien decide no escuchar nuestra historia, no le vamos a obligar. No vamos a dejar de hacer nuestras canciones porque no seamos fáciles de escuchar, ni porque no encajemos en la movida indie (que por cierto, viene de independiente. Fichar con Sony no te convierte en indie, precisamente), ni porque no cantemos en un idioma o en otro, ni porque llevemos tres años sin grabar un disco. Las puertas que se nos han cerrado ya no nos importan, siempre habrán otras. Solo hay que encontrar la que abra con nuestra llave. Por eso estamos convencidos y nos reafirmamos en que este salto de fe es nuestro camino. Seguir haciendo canciones y ofreciendo espectáculo allá donde vayamos. Y venga quien venga.

 

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