Desde que apareciera en el mercado el Compact Disc, los más agoreros se apresuraron a decir que el disco de vinilo tenía los días contados, que desaparecería de la faz de la Tierra y que el CD reinaría sobre todos los soportes musicales. Pues seguramente esos grandes visionarios también dijeron que con la aparición del MP3 e Internet el CD desaparecería del mismo modo. Pues nada de todo esto. El MP3 ha alcanzado su status quo y no parece que vaya a evolucionar, más que nada porque no se trata de un formato, si no de un soporte. No tiene forma, ni color, ni nada que lo haga distinguirlo de los otros. El CD es el reducto físico más novedoso hasta la fecha, pero si bien es cierto que su éxito a nivel distributivo es total, carece de magia al ser meros contenedores de música donde otros aspectos están en un segundo plano. Entonces,¿por qué los vinilos no han dejado de fabricarse? Evidentemente porque la gente ha seguido comprando discos. Pero hay varias razones que escapan a tal evidencia. En cierta manera hay un factor sentimental que el consumidor de vinilos tiene claro: El contacto físico con el álbum y todo lo que en él contiene. El formato de LP es lo suficientemente grande como para desaprovechar tanto espacio. Desde su aparición siempre ha habido portadas y cuando el Rock alcanzó niveles de difusión internacional y entró en juego el diseño y la fotografía, evolucionó hacia un complemento determinante en la imagen de los artistas, que hacía que todo tuviera que ver con lo que se estaba escuchando. Hay verdaderas obras de arte que se han convertido en iconos de la música popular. Pero quizá el aspecto sentimental más importante sea el que contiene musicalmente. Un LP es algo más que un número de canciones puestas en un orden aleatorio. Se trata de un momento concreto, en unas circunstancias concretas. Es una fotografía del alma del artista. En ocasiones se trata de un disco conceptual, donde se cuenta una historia a través de pasajes como si de una obra teatral se tratase. En otras se plasma el trasfondo social de una época. Otras veces se capta el sonido en directo de una o varias actuaciones. Incluso encontrarte con grabaciones no publicadas, caras b, etc… Todo esto convierte ese álbum en un tesoro artístico que para el propietario tiene un valor incalculable. Sentarte tranquilamente, coger el disco, sacarlo de su funda, ponerlo en el tocadiscos, y sobre todo levantar la aguja y hacerlo coincidir en esos surcos vacíos que la llevará a emitir sonido. Me sigue pareciendo ciencia ficción el que a través de una aguja y por surcos que la hacen saltar se pueda oír música. Además su sonido tiene una calidez que el formato digital no puede emular. Eso es lo que ni el CD ni el resto de formatos puede ofrecer. Un ritual que se convierte casi en mágico y que te predispone a dejarte llevar por la música. Ahora tenemos la posibilidad de tener música en cualquier parte e instantáneamente, pero esa inmediatez deja atrás el conocimiento del artista y su trabajo. Las portadas de los discos pretenden distinguir a cada artista del resto y de su propia discografía y acaban siendo iconos que se puedan reconocer enseguida y nos trae a la memoria una canción, un recuerdo de juventud… Y eso forma parte del objetivo de la música, que es el transmitir emociones de la parte ejecutante a la receptora y viceversa.

Grupos actuales están sacando sus nuevos trabajos en formato vinilo y parece que vaya a ser una corriente cada vez más utilizada, en un intento de volver a ese concepto de álbum, portada y vinilo. Y yo sin tocadiscos…

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